Mi gata Cuchi llegó a casa el año 1998, era hija de una gata vecina,
cumplidos sus dos meses la fui a buscar, era mi regalona y la trataba como a
una niña, era tan regalona que cuando quedó preñada por primera vez no sabía
que era lo que le pasaba, cuando se movía el gatito en su interior me miraba
con cara de “lo que comí se mueve dentro”, luego olvidaba ese pensamiento y
seguía su camino.
El día que comenzó con sus contracciones no pude ir a trabajar, pues ella
me buscaba y me “tiraba” con sus garritas mi brazo, (era demasiado regalona),
me quedé con ella sobándole su pancita hasta que comenzó a dilatarse, ella me
miraba sin saber que hacer, y claro como yo la trataba como a una niña le decía
“puja” “puja”, el problema que se suscito es que ella no conocía el significado
de esa palabra, por lo que su cara de “y
ahora que” seguía intacta, entonces pensé otra estrategia, comencé a mostrarle
como pujar le decía yyyyyy y luego respiraba, quienes dicen que los animales no
piensan y que son tontos están en un error, la Cuchi comenzó a pujar como yo le
enseñaba. Al rato teníamos un lindo gatito,
pero ella comenzó a demostrar que de madre no sabía nada, no limpiaba al
gatito, no cortó el cordón umbilical y ni se le pasó por su mente comerse la
placenta, ¡no! que horror. Debido a esto
es que me transformé en la “niñera” de su gato al que mi hermana Claudia
bautizó Benito.
Cómo ya dije mi gata no tenía desarrollado su instinto materno, por lo que
dejó a mi cuidado a su retoño, lo que me significaba andar con Benito en mis
brazos o dentro de mi bolsillo, ya que ella salía de su caja-cuna y lo dejaba
sólo por horas, tenía que obligarla a quedarse acostada para que le diera de
mamar, ni decir que le limpiara sus necesidades al gatito, muchas veces me tocó
limpiarlo con papel higiénico, gata más dejada nunca he visto.
Mientras tanto Benito crecía criado como un niño, nada de llamarlo “cuchito
cuchito”, le llamábamos por su nombre.
El día que abrió sus ojos lo llevé, subido en mi hombro, por toda la
casa para que la conociera y le decía el nombre de las cosas, también le conté
quien era quien: ahí está la mamá (por mi mamá no la de él), ahí esta la Bero,
ahí va pasando la tía Claudia y ese es el papá a quien no le gustan los gatos.
Benito se hacía cada vez más grande e inteligente, si inteligente, sabía
que no debía molestar al papá pero le encantaba tirarle el pantalón y mirarlo
desafiante.
Como él no sabía que era un gato muy pocas veces maullaba, le gustaba ver
como almorzábamos y por sobre todo escucharnos.
Cierto día llamó mí cuñado por teléfono y se me ocurrió la genial idea de
decirle que hablará con Benito, ¿que debía decir?, simple: “Benitooo, que
gatito más bonito”, jamás sospeché lo que esta charla, que se volvió un
hábito, lograría en el futuro.
¿Alguno de ustedes le ha puesto oído a los gatos cuando maúllan?, bueno
entonces sabrán que hay ciertos maullidos que parecen palabras, Benito decía
muy claramente “mamá”, al tiempo, y aunque les suene a locura, este gatito sumó
más palabras a su vocabulario es así como en casa se escuchaban sus maullidos:
“guagua” y “alo”.
Mientras tanto mi pobre cuñado aún se veía obligado a mantener sus
“charlas” con Benito, dado que el gato vez que sonaba el teléfono corría hacia
el y no dejaba de hacerse notar hasta que la persona al otro lado le hablará.
De pronto en casa comenzaron a suceder cosas extrañas…….
No pocas veces comenzamos a recibir reclamos de nuestras amistades, nos
decían: “el otro día llamé me contesto tu papá dijo alo alo y luego me
cortó”. Todas las miradas se fueron
hacía mi papá quien con cara de yo no fui, se declaraba inocente.
Una noche en que la Bero se demoró más de lo acostumbrado en el baño oí una
voz casi gutural que decía “Berooo”, “Berooo", recuerdo que casi quedé sin aire,
sude frío, prendí la luz y Benito me miraba con cara de ¿qué está pasando?,
apague la luz y nuevamente escucho esa voz “Berooo” , “Berooo”, nuevamente
aterrada prendo la luz y para mi sorpresa veo quien era la “persona” de la voz,
era Benito, siiii, Benito que de alguna
manera aprendió a decir Bero.
Luego de este episodio comenzamos a prestarle aún más atención al gato, fue
así como cierto día suena el teléfono, yo estaba lejos y debí correr pero
alguien contestó antes que llegara, era Benito, había aprendido a descolgar el
auricular, ahí estaba gritando “alo alo aloooo”, luego como si nada puso su
pata sobre el teléfono y cortó el llamado.
Imaginen mi cara de sorpresa e incredulidad, no podía ser, el gato
contestando el teléfono, comencé a espiarlo, en casa no me creían, ¿cómo el
gato iba a ser capaz de esa hazaña?, pero como Benito no sabía que esas no son
cosas de gato una tarde frente al resto de la familia respondió el teléfono.
Y comenzamos a entusiasmarnos, le decíamos palabras para que aprendiera,
nos costó pero él era tan constante como nosotras, nuestro gato era capaz de
reproducir las siguientes palabras: alo, Bero, mamá, guagua, hola y cuando lo
regañábamos bajaba su cabeza la movía de un lado a otro y se decía así mismo
Veneno.
Nunca se nos pasó por la mente grabarlo, para nosotros llegó a ser tan
normal escucharlo y verle hacer cosas no propias de un gato que no era motivo
de asombro, bueno excepto la noche en
que un amigo lo molesto tanto al pobre, que Benito le lanzó un claro y agresivo:
“ajjjj cabro culi......”, ¿dónde escuchó eso antes?, no lo sabemos, nuestro Benito se puso grosero.

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