En casa de mis padres había un gallinero con muchas gallinas, este tenía unas cajas donde estas ponían sus huevos, eran de color café no como los blancos que vendían en los almacenes, otros eran azules nunca descubrimos que gallina era la que pintaba estos huevos si sospechábamos de una gallina gorda y café.
Con la Bero, mi hermana íbamos a revisar si había algún huevo y muchas veces los marcamos apropiándonos de ellos.
Teníamos nuestras gallinas regalonas, una de ellas estuvo clueca y tuvo pollitos, nosotras vivimos todo el proceso de la gallina, sacábamos lombrices y se las dejábamos en su comedero. Marcamos varios huevos para apropiarnos de los pollitos cuando nacieran, pero mi papá se molestó pues se confundieron con una marca que él les hacía para saber algún dato, que aún no sé, además dijo que todos los pollitos eran de él.
Igual al nacer los pollitos nos quedamos con uno, y le pusimos Margarito, (en ese tiempo estaba de moda la canción de Wilkins "Margarita"). Margarito tenía trato especial andábamos con él en la mano y ya más grande lo llevábamos en el hombro como si se tratara de un loro, recolectábamos lombrices para él. Cuando entrabamos al gallinero corría hacia nosotras para que lo tomáramos en brazo. Con el tiempo se convirtió en un gallo de plumaje hermoso, mi papá rabeaba porque Margarito siempre se le tiraba, no era con malas intenciones, era para que lo tomara en brazos, pero para mi papá Margarito era sólo un gallo.
Margarito tenía arrastre entre las gallinas les hacia la rueda muy galantemente.
Pero el tiempo pasa y no en vano, al no ser vegetarianos en casa un buen día mi papá decidió sacrificar a Margarito, ante el llanterío de la Bero y mío, aun así Margarito, nuestro querido pollito, se convirtió en cazuela. Con la Bero lloramos frente al plato sin poder probar bocado.

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